32. Los sonidos que nos acompañan.

Hoy se me dio por pensar lo fácil que es quejarse de todo, existen verdaderos especialistas, pero no es mi intención explayarme con el tema, sólo con los que se quejan de los sonidos de los relojes de los Ayuntamientos, o de el de las campanas de las Iglesias, que a mí me reconfortan y que han acompañado a la humanidad a lo largo de los años.
Mi vida siempre ha estado rodeada de esos mágicos sonidos que no me parecen para nada desagradables, más bien, todo lo contrario, me han ido acompañando de ciudad en ciudad y los he ido reconociendo como propios, como familiares, es como si no me sintiera tan sola, como si algo marcara siempre que estoy donde debo estar. En Australia, en Europa, sus sonidos son prácticamente los mismos.

Siéntate en ese lugar que has elegido para regalarme unos minutos de tu tiempo, ponte cómodo y respira profundamente sintiendo cómo el aire va proporcionándote calma. Permíteme atraparte con mi voz. Seas bienvenido a Arropando estrellas, un podcast de Bosquina Monzón.

El Ayuntamiento de Sydney se construyó en el lugar de un antiguo cementerio en la década de 1880. Ahora están terminando con las tareas de conservación que incluyeron la torre del reloj de 55 metros de altura, a la que se le ha construido un refuerzo para protegerla de una posible actividad sísmica. El reloj es británico y su mecanismo sigue siendo de los que se les da cuerda manualmente, tiene cuatro esferas y cada una de ellas está orientada a cada uno de los puntos cardinales. Su sonido no me resulta extraño, me recuerda a los relojes españoles, el sonido de los cuartos, el de las horas, marcan el paso del tiempo que transcurre de igual manera en cualquier parte del mundo, para todos. Me encanta escucharlos.
En casa de mis padres marcaba el paso del tiempo un pequeño cuco que cada hora salía de una pequeña puertecita avisándote de que ya habían transcurrido 60 minutos desde la última vez que lo habías escuchado, una vez que él cantaba el número exacto de horas de 1 a 12, se ponían a bailar varias parejas de bailarines que entraban y salían de la casa mientras giraban al compás de la música. Nunca he vuelto a ver un cuco más bonito que ese. Mi padre era el encargado de subir las pesas cada cierto tiempo y si alguna vez te pedía que las accionaras tú, te daba las indicaciones de que lo hicieras con sumo cuidado.
En mi casa de España tengo un pequeño reloj de pared del que yo me encargaba, a mis vecinos les había resultado complicado adaptarse a él, pero nunca se quejaron. Una de las veces que se paró me costó trabajo ponerlo de nuevo a funcionar, así que lo dejé como mero adorno, pues con tantas idas y venidas iba a pararse de todas formas.
El reloj del ayuntamiento de mi ciudad, hace ya bastantes años tocaba el himno gallego creo que a las 8 de la mañana y a las doce otra melodía que no recuerdo, no sé si el Ave María.
Hubo un momento que la gente comenzó a quejarse de los sonidos de los edificios públicos, tanto relojes como campanas comenzaron a resultar molestos y poco a poco, en algunos sitios dejaron de escucharse, perdiendo parte del encanto de la ciudad. Prefiero escuchar campanas y horas antes que gritos y jolgorios que suben y bajan de volumen sin sentido aparente a cualquier hora de la noche, o músicas llamadas chunda chunda en cualquier paraje idílico, ante las que muchas veces me pregunto si los que la ponen a todo volumen son conscientes de que todos los que estamos a su alrededor también tenemos un coche o un teléfono en el que poner a todo volumen nuestra música favorita. Pero ahí, como siempre, como en casi todo, lo único que nos separa del manicomio es la educación.
En Sydney sigue sonando el reloj del Ayuntamiento, pero lo que ya no se escucha son las campanas de la catedral.

La semana que viene volveré a robarte unos minutos de tu tiempo, si te apetece, aquí estaré, Arropando estrellas. Ahora, descansa.

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