42El día del recuerdo.

A las 11 menos un minuto de hoy, 11 de noviembre, comenzó a sonar en Sydney el lamento de una corneta, los trabajadores que tengo enfrente dejaron de hacer su trabajo permaneciendo de pie y en silencio, al igual que parte de los viandantes, hasta que sonaron las 11 en el reloj del Ayuntamiento. A las 11 de la mañana del día 11 del mes 11 de 1918, entró en vigor el armisticio firmado unas horas antes que puso fin a la Primera Guerra Mundial.
Hoy, es el día del recuerdo.

Siéntate en ese lugar que has elegido para escucharme de manera tranquila y relajada. Respira profundamente y expulsa el aire lo más lentamente que puedas. Permíteme atraparte con mi voz. Seas bienvenido a Arropando estrellas, un podcast de Bosquina Monzón.

Una de las cosas que más pueden llamarte la atención cuando entras en Australia es la enorme cantidad de memoriales de guerra con los que te encuentras a lo largo de toda su geografía, cada pueblo, por muy pequeño que sea, tiene su memorial, pero personalmente, el que más me impresionó fue el que se encuentra en Canberra, su capital, inaugurado el 11 de noviembre de 1941.

Ambos lados de la gran avenida que desemboca en el War Memorial, están decorados con impresionantes estatuas conmemorativas de todas las guerras en las que han participado australianos y neozelandeses, para que puedas ir haciéndote a la idea de lo que te encontrarás en el interior. En cuanto pones un pie en el monumento te entra un escalofrío que no te abandonará mientras lo recorres. Una letanía a la que por ser en inglés, yo no presté mucha atención, te acompaña durante todo el trayecto. En medio del estanque central permanece encendida la llama eterna; en la Sala de la Memoria se encuentra la tumba del soldado australiano desconocido, en el museo aparecen banderas, fotografías y objetos personales de los soldados; una sala de luz tenue en la que se exponen dioramas, campos de batalla diminutos, trincheras de barro mezclado con sangre, soldados luchando contra tanques y ametralladoras que pone la piel de gallina, pero lo que más me impactó fueron las placas conmemorativas enormes con los nombres de todos los que cayeron en la Primera y la Segunda Guerra Mundial; prendidas en gran parte de los nombres hay amapolas, la flor que crecía entre las hileras de cruces de los caídos en la Primera Guerra Mundial en Francia y Bélgica, el mito popular habla de que la flor era roja porque florecía en campos saturados de la sangre de los soldados, a esta flor, un médico y poeta canadiense que había participado en la Guerra, le dedicó un poema: En los campos de Flandes, que termina diciendo:
“Contra el enemigo proseguid nuestra lucha.
Tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos exangües.
Mantenedla bien en alto.
Si faltáis a la fe de nosotros los muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan
en los campos de Flandes,
las amapolas.”

Mientras estaba leyendo las fechas y los nombres de los caídos presté un poco de atención a lo que se decía por los altavoces y entendí, de pronto, que era el nombre de los soldados muertos, el batallón o regimiento al que pertenecían y la edad que tenían, eran niños, casi todos. Quizás por tener un hijo en la edad de muchos de esos soldados fallecidos, quizás entendiendo el dolor de sus madres, quizás pensando en la vida que podía haberles quedado por vivir, no pude contener las lágrimas y lloré con un dolor agudo como si todos esos soldados muertos fueran de algún modo míos.
El 11 de noviembre es el día para recordar el sacrificio que innumerables personas hicieron al servicio de su país. Después del minuto de silencio y del toque de corneta se lee la oda dedicada a la Gran Guerra: Para los caídos, de un poeta inglés:
“No envejecerán, como envejecemos nosotros los que quedamos;
La edad no los fatigará, ni los años los condenará.
Al caer el sol y por la mañana
Los recordaremos.”

No te robaré más tiempo hoy, la semana que viene volveré a acompañarte, si quieres, compartiré contigo estos minutos y seguiremos, arropando estrellas. Ahora, descansa.

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